martes 23 de agosto de 2011

Deliciosas criaturas asesinadas


por Verónica Meo Laos (aparecida en el suplemento cultural de La Capital de Mar del Plata)

Cuando alguien cuenta una historia a otra persona se obtienen dos elementos: la historia y el acto de contarla, o sea, el relato. La primera equivale a una serie de acontecimientos concatenados de una manera lógica, que están sujetos a un orden cronológico, insertos en un espacio y experimentados o causados por actores que son los que llevan a cabo las acciones. Mientras que el segundo, el acto narrativo, no es la historia en sí, sino una concretización de la historia, es el producto de la acción de narrar donde por ello mismo, es la narración la que instaura el vínculo indisoluble entre la historia y la manera en que ésta es contada.

Los hechos que relata La Banda de los seguros de Gabriela Urrutibehety fueron reales, ocurrieron entre 1996 y 2000, tuvieron -una vez más- a Dolores como epicentro tribunalicio y ocuparon columnas en la prensa nacional a principios de la década pasada hasta desaparecer en la maraña de las noticias que de impacto en impacto, logran conmocionar a la opinión pública con suerte dispar. Pero en la novela de la autora dolorense los hechos reales están impregnados de ficcionalidad y es en la mímesis, en la simulación, donde la historia cobra aristas novedosas y donde el pacto ficcional se quiebra de manera deliberada.

En rigor, La Banda de los seguros, debería ser una novela policial. En función de lo que se espera de una obra de este género, el lector debería encontrarse con un ejemplar de novela negra o, en su defecto, con una pieza con un fuerte énfasis en el perfil patológico y a la vez seductor del protagonista como en el talentoso Ripley de Patricia Highsmith. Pero, no. La novela de Urrutibehety elude los rasgos típicos del género para desconcierto del lector modelo y a modo de aporte a la originalidad narrativa.

Es que, así como el lector modelo es el que debe rellenar los espacios en blanco, el que extrae al texto de su indeterminación, el que le otorga sentido, es el texto el que ayuda a construir a ese lector que necesita para funcionar. Y allí aparece la estrategia soterrada de la autora: hacernos creer que nos vamos a encontrar con las SS -como las llama López Vigil- crónicas de sangre y semen. Y sin embargo, no, no es así pero, al contrario de lo que pueda creerse, el lector no sale decepcionado, como a veces sucede cuando sale del cine y esperaba ver otra cosa.

A lo largo de sus 171 páginas, los crímenes pasan a segundo plano y cobra preeminencia el color local. Pues, si algo caracteriza a esta novela, es su identidad pueblerina. En efecto, las víctimas son entrañables personajes reconocibles en sus diálogos, como dicen los norteamericanos “la chica de la puerta de al lado”, es la señora que vive en el campo, que se acuesta tempranito o el policía barrigón que se queda dormido y de tanto sobrepeso, al caer sobre su muñeca se la quiebra. Con una lógica de zapping, los relatos son cortos y como gran acierto puede destacarse la estrategia de cancelar el sentido con las imágenes en fototipía que van adelantando la sucesión de los acontecimientos al final de cada capítulo.

Urrutibehety conoce en profundidad la crónica policial. La conoce, la maneja, se regodea en ella e inclusive, se permite reírse de buena gana de los clichés del género y aun arribar a cuestionamientos filosóficos acerca del sentido de la verdad, la construcción del sentido o del sinsentido que se dirime entre expedientes, alegatos, testigos, condenas. Es éste, sin dudas, el punto más alto del relato.

En resumen, La banda de los seguros, desconcierta pero a la vez, entretiene y mucho. El subtítulo,“Discreta geografía criminal”, sintetiza con justeza el espíritu que merodea a la obra: el narrador es discreto, burlón, como en el modus operandi delictivo, aparenta lo que no es para hacernos caer en la trampa. Y el lector o la lectora que acepten jugar el juego saldrán satisfechos.

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