
Un océano de por medio: una frase que, bien pensado, tiene poco sentido si es que la tierra es redonda. Porque habla de una dirección, una orientación, un camino determinado. Habla de un mundo plano, bidimensional. Habla de una negación subliminal –y, por lo tanto, incontrovertible- del principio colombino de retorno al punto de partida. O, bien pensado también, lo confirma, pero en otro sentido.
Aclaremos.
Los argentinos vivimos diciendo que un océano nos separa de. Y nadie piensa en la imponente presencia del continente africano que el globo terráqueo nos estampa ahí, justo frente a nuestras costas. El océano es diagonal –pese a su notoria verticalidad planisférica- y nos separa de Europa. Y en “separa” va, por supuesto, una carga grande de desgarramiento: la vergüenza de haber sido (¿qué? ¿cuándo?) y el dolor de ya no ser.
El viaje es el antídoto para tanta separación. Mientras que en los tiempos de la colonia y los primeros años de la independencia los viajeros eran los que llegaban a estos pagos y escribían para un público ávido de rareza y exotismo, ya para la década de 1830 los argentinos comenzaron a devolver el favor. Para los tiempos en que Mister Darwin recorría la pampa y la Patagonia en busca de datos para documentar la evolución de las especies, Esteban Echeverría viajaba a Europa para codearse con los escritores más evolucionados. Y no es sólo un juego de palabras: el viaje de Echeverría fue presentado siempre en la historia de la literatura argentina como el proyecto de ir a buscar al Otro Mundo las novedades en materia artística que permitieran renovar el campo literario local. Y esa será una de las constantes del viaje argentino: viaje aldeano, motivado por el sentido de carencia, con el objetivo de encontrar novedades. Casi, casi lo mismo que el pobre Pedro de Mendoza, que vino a buscar la salud y se encontró con que era mejor volverse a morir a sus tierras, aunque el aliento del regreso sólo le alcanzó para un ataúd de agua salada.
Pero, además, es un viaje importador: siempre se viaja para traer algo, que causará asombro y estupor entre los que se quedan acá. Algo más que un mero souvenir, prácticamente contrabando.
Esteban Echeverría fue a ver cómo escribían los franceses y se trajo metros, temas, esbozos de poemas. Algo así como ir a un restaurant, conseguir que el chef le pase la receta de sus mejores platos y traérsela para abrir una fonda en la librería de Marcos Sastre, atendida por su propios dueños. Así, en la Buenos Aires rosista se sirvieron rimas y elviras y cautivas que permitieron –al menos así lo cuentan los manuales de historia literaria- mejorar el paladar antes de que tanta refalosa y payada y cuarteta gauchesca arruinara el gusto vernáculo. Sin embargo, los asqueantes detalles de “El Matadero”, las ásperas sextinas hernandianas e, incluso, los exabruptos de la prosa sarmientina, pese a los esfuerzos de Guido y Spano, Capdevilla y algunos otros, terminaron siendo los que, por pura prepotencia de enraizamiento, acabaron por nutrir escrituras y alimentar estirpes, especialmente en el siglo posterior.
Sarmiento fue otro viajero contrabandista. Posiblemente el mejor publicista argentino, supo generar el eslogan que claramente sintetiza el pensamiento de su generación y muchas, muchísimas otras que lo siguieron. “Civilización o barbarie” concentra visión del mundo y norma de acción: no sólo se divide el espectro en dos campos bien diferenciados sino que, además, se insta a tomar partido por uno de ellos y actuar en consecuencia. No es sólo descripción de un estado de cosas: puesto que no se busca poner en discusión el hallazgo, como sería el caso de una hipótesis científica, se exige la inmediata ubicación del interlocutor a favor de uno de los polos y, lógicamente, en contra del otro. No hay síntesis ni convivencia posible: la ley del tercero excluido excluye, por supuesto, la revisión del axioma.
Tomado el partido de la civilización, Sarmiento encuentra muchos cursos de acción, varios de ellos cruzados por el viaje. Siguiendo la impronta de Echeverría, viaja a buscar novedades y la novedad mayor son las maestras norteamericanas. Contrabandea todo un sistema educativo. No sólo trae docentes y métodos de enseñanza, sino también pupitres, guardapolvos, diseños de edificios escolares, modelos de burocracia administrativa.
Pero es también bajo su inspiración -y la de su compañero de andanzas y polémicas, Juan Bautista Alberdi- que se gesta el otro viaje “civilizador”: el que trae a millones de inmigrantes a estas tierras. A llenar lo que se dice desierto –despoblado de almas, poblado de indios- con pieles claras, ojos azules y lenguas de asonancia germánica, pese a que el destino termia trocando lo germánico en puro italianaje mirón. En las bodegas de los miles de barcos que anclan en el puerto de Buenos Aires se traen de contrabando millones de cuerpos europeos, mientras al sur del río Colorado se envían sin otro trámite al más allá miles de cuerpos nativos.
A contramano de Sarmiento y la armada civilizadora, Hernández escribe en 1872 El gaucho Martín Fierro, más conocido como La Ida: la historia de un viaje hacia el lado opuesto y -a juzgar por el giro que le da el autor a la historia en la contrita continuación de 1879- finalmente equivocado. Después de recorrer la pampa y la frontera, después de transitar los escalones que la sociedad reserva al gaucho en su época, Martín Fierro decide romper con la civilización y apostar a la vida entre los indios. Se va –y las nominaciones no son nunca inocentes- a lo que se llamaba “tierra adentro”.
El viaje de Martín Fierro tiene otro sentido: si bien parte también de una carencia, no pretende ir a traer con qué remediarla. El viaje de Martín Fierro es la contracara de “hacerse la América” y se parece más bien a la quema de naves de Cortés. Cruz y Fierro cortan los lazos y sólo se permiten unos lagrimones como toda ceremonia. Cruz y Fierro, a diferencia del viajero contrabandista y a diferencia también de Cortés, representan a los expulsados, los exiliados, los que deben emprender el viaje contra su voluntad. Destino común a miles de viajeros americanos, incluyendo el mismo Sarmiento y el propio Hernández.
El fin del siglo XIX estuvo marcado por la llamada Generación del Ochenta, de la que Sarmiento fue un padre inspirador. Consolidada la clase dominante en torno al modelo exportador, viajar se convierte en signo de clase. Viaje con boleto de ida y vuelta, que de ida solamente viaja “la chusma ultramarina que agita en el zaguán”, según la muestra gratis de cuidada retórica xenófaba exhalada por Leopoldo Lugones. Los viajeros del ochenta pueden ir y regresar cuantas veces gusten a uno y otro lado del Atlántico. Viaje que se materializa en el barco que los lleva y trae, así como en la lengua en la que lo cuentan. Cultos hasta el exceso, pueden ir del castellano al francés como quieran, alternar el inglés con algo de alemán y, cada tanto, soltar unos buenos latines aprendidos en los claustros de los colegios nacionales. Lucio V. Mansilla va de excursión a los toldos de los indios ranqueles y se trae un diccionario que incluye no sólo la parte lexicográfica –cada vocablo con su traducción- sino una cuidada descripción de aspectos discursivos y pragmáticos de algunos actos de habla altamente formalizados, por ejemplo, parlamentos y “razones”. Pero titulará, sin mediar traducción alguna, “causeries” a algunos de sus textos.
La lengua es un país a habitar, sin dudas, y los hombres del 80 tienen pasaporte abierto para recorrer varios de ellos.
El viaje vanguardista
La burguesía argentina ingresó en el siglo XX viajando a Europa con la vaca en el barco: no hay leche como la nacional pero nosotros podemos tomarla lejos. Poder viajar es sinónimo de poder, a secas.
Del viaje a París se volvía con modelos de vestidos, de calzado, de sombreros, de casas, de automóviles, de modales, de cuadros, de poesía: las novedades, siempre las novedades. El Nuevo Mundo recurría al Viejo, porque allí empieza antes la temporada otoño-invierno. La tierra no es redonda, el tiempo es un vector y tiene un comienzo. La patria comenzó en 1810 y quedan reducidos a la nada prehistórica cinco siglos de dependencia de España –ese patio trasero de la Europa civilizada- y varios miles de años de asentamiento de pueblos subsumidos en el indiferenciador -y errado-nombre de indios.
Con un gesto escandalizador, los jóvenes vanguardistas porteños no abandonan la importancia del viaje. Oliverio Girondo –otro gran publicista, aunque Borges lo diga con desprecio- canjea a sus padres el título de abogado por el viaje: se recibirá, tal como quiere la familia, a cambio de una recorrida anual por Europa. El joven poeta, entonces, recorrerá palacios y museos y anotará sus impresiones en cuadernos, provocativamente llenos de faltas de ortografía. Viajará a mamar las novedades y se volverá con poemas a modo de tarjetas postales: Veinte poemas para ser leídos en el tranvía señalan el itinerario al pie, con lugar y fecha. Y la cosa puede ser en Mar del Plata, tanto como París o Dakar. Por las dudas, el diario de viaje transmuta en Calcomanías, su segundo libro de poemas. Y de paso, renovamos la escritura local, peleamos con Lugones, establecemos el juego de Florida/Boedo y transitamos los años de la revista Martín Fierro. No en vano aquello de se va por el mundo/girando Girondo.
Güiraldes, por su parte, se mueve en Europa como en casa, a donde retorna para consolidar el nacionalismo gauchesco: despojado de la voz que le había otorgado Bartolomé Hidalgo, el gaucho de Güiraldes es una sombra que se pierde bajo la mirada del peoncito trasmutado en estanciero. La retórica que cristalizaron Hernández y del Campo en el XIX, a partir del habla popular local, migra del verso a la prosa cuidada, a la imagen sorprendente, al lenguaje cincelado según lo hacen “allá”.
Borges pareciera que no viaja: está en donde tiene que estar. Construido su linaje en el cruce de un guerrero de la independencia y un pastor protestante (¡ah! ¡disculpas! ¡Ése era Dahlman, el protagonista de “El sur”!), Borges circula con afinidad por Babilonia y los andurriales porteños, por los campos bonaerenses y las galerías de Oxford, por el cuadrangular Palermo y la China imperial. Tanto está en todos lados, que se va a morir a Ginebra. Y allí debe de estar, todavía, mientras los argentinos que no lo han leído se quejan porque nunca fue llamado de Suecia a recibir el Oscar (¿el Nobel, dice usted que era?)
Hay un viaje extraño en la literatura argentina y es el de Julio Cortázar. Cortázar vive casi toda su vida en París y escribe en argentino. No hay, si se entiende, océano de por medio en la literatura de Cortázar, aunque esté contando desde el dibujo de la rayuela. La lengua es un país para habitar y Cortázar inventa el idioma de los argentinos en Francia. Que es la lengua que hablaremos todos por aquí mientras la Maga nos inspire. El sueño gardeliano cumplido, el boom en plena explosión, durante la segunda mitad del siglo XX los argentinos sueñan a lo Julio, escriben imitando a Georgie y esconden las nieves del tiempo a lo Carlitos. Mientras tanto, no advierten que la París de Sudamérica se parece cada vez más a Macondo.
El viaje menemista
Entre tanto viaje destinado a ir, ver y traer, se diferencia rotundamente el exilio. El exilio es el viaje que no quiere ser, pero representa nuestro destino sudamericano (JLB dixit). Constante histórica, puede pensarse que se inicia con el frustrado –por voluntad ajena- de Mariano Moreno, recorre el período rosista y regresa, ominoso, de la mano de cuanta dictadura militar supimos conseguir. Pino Solanas lo incluye a San Martín en la lista de exiliados, pero sería necesario aclarar si Boulongne-sur-mer es su destierro de América o de España. Por su característica de indeseado, no podríamos incluirlo en la lista que queremos analizar.
La última de las dictaduras argentinas trajo, entre tantas atrocidades, la novedad que dio en llamarse “la plata dulce”, fenómeno socio-psicológico –tanto como político-económico- que se consolidó en la década de 1990, de la mano de la burbuja de la convertibilidad.
De golpe y porrazo, y por decreto, el peso argentino pasó a ser sinónimo del dólar, lo que confirma a Carlos Menem como uno de los más poderosos literatos del país. Con la colaboración de Domingo Cavallo, armó una ficción, la convirtió en éxito de público y la sostuvo primera en la lista de best seller durante una década.
De este modo, miles de argentinos se lanzaron a los aeropuertos, para regresar días más tarde luciendo remeras de Saint-Martin, Aruba o Margarita. El destino predilecto fue Miami, adonde se iba a contrabandear con anuencia estatal. Los viajeros buscaban llenar la carencia de novedades bajo el signo del microondas, el equipo de audio y el perfume de free-shop. La enciclopedia menemista se constituyó en base a marcas internacionales de ropa y accesorios: el viaje menemista también fue el trayecto que llevaba de Tienda Los Gallegos a Christian Dior.
El menemismo tuvo la marca de la exhibición y el viaje de esta época se retrató intensamente en revistas de actualidad, las mismas en que se mostraban casas, vestuarios, automóviles y esposas. El concepto de famoso tomó una dimensión tan extendida que ya le hubiera gustado para sí al sobrio don Jorge Manrique. Si el tango dice que “la fama es puro cuento”, el menemismo le dio otro sentido al apotegma canyengue: esto es un cuento de hadas y si no puede vivir en él, siéntese como niño bueno a escucharlo hasta el final. Lo mejor de la literatura menemista, en consecuencia, pasó por la revista Caras. A imagen y semejanza de la española Hola, que los locales idolatraban, no tuvo problemas en suplantar la nobleza europea –una sentida carencia local, sin dudas- por políticos en el gobierno o la oposición, artistas de diverso rubro y modelos. Hasta un juez apareció en sus páginas mostrando -¡siempre mostrando!- un vestidor cuyo costo superaba con mucho su sueldo declarado: no se sabe muy bien por qué, este caso despertó la ira popular y el hombre debió salir de su puesto. Tal vez haya sido un caso de justicia poética.
Por estas épocas se creó la categoría de “mediático”: un personaje que no hace nada, cuyo único mérito consiste en salir en la tele. El camino a la mediaticidad es también un trayecto narrativo: gira en torno a un conflicto, que puede ser una pelea, un escándalo sexual, una declaración fuerte y hasta golpes en cámara. Variante de la narración efectista, el desenlace es lo más flojo del sainete mediático: consiste en la simple desaparición del personaje de escena y su reemplazo por otro, que vuelve a comenzar todo, como en el cuento de la buena pipa. Que, dicho sea de paso, constituye otro de los grandes hitos de la literatura nacional.
Famosos y mediáticos viajaron y miles de compatriotas los imitaron: una funcionaria declaró que iba a París a cortarse el pelo, todos pasaban por las tiendas de Versace y volvían para exhibirse. Los que no accedían a las pantallas, traían cientos de fotos y horas de filmación con la que atosigar la paciencia de parientes y vecinos menos afortunados. Nada de lo que se hacía tenía sentido si no se podía mostrar. De ahí que sea dable suponer que la pulsión escópica fuera la necesidad a colmar.
Mientras se ostentaba sin vergüenza riquezas que nadie se ocupaba en justificar, otros viajes se ocultaban: el camino hacia la pobreza de más de la mitad del país de la mano del desempleo y el camino al exilio por razones económicas. A la literatura menemista, esplendorosa y llena de luces, le correspondió su naturalismo, su dickesianismo, protagonizado por los que se iban a otros países a buscar laburo o los que se iban a la calle y se transformaban en piqueteros.
El melodrama menemista continuó durante el gobierno de su sucesor –de contrario signo político- Fernando de la Rúa, que tuvo consideración por la continuidad de la trama y tomó como ministro de economía a Domingo Cavallo, el mismo de la dictadura, el mismo de Menem. La historia se precipitó al ritmo de los bombos primero y de las cacerolas después y, como una película norteamericana de acción, cerró con la toma del helicóptero presidencial llevándose lejos al mandatario depuesto. Escena que se superponía con la de un helicóptero similar llevándose a Isabel Perón, en 1976, paso previo a la instalación de la cúpula militar que dio inicio a esta historia. Lo que se dice, un perfecto cierre narrativo.
publicado en Sánchez Sottosanto y Strada (comp) (2010) DOLORES, TRIBUTO A UN PUEBLO, Alicante, Casa de América
Toda vos en este lucidísimo ejercicio de la sociología,la política, la antropología, la psicología social, en fin, toda vos en temas, registro, neurona y víscera.
ResponderSuprimirCelebro una publicación más que te contenga, haberse privado de vos habría sido terrible.
Celebro la tecnología, que a falta del libro en mano, me permite leerte y difundirte.
Un abrazo.
DS